Cuando vi el artículo publicado en El Comidista sobre los mitos de la comida y la regla, reconozco que fui a leerlo con curiosidad. No porque me sorprendiera el titular, sino porque sabía perfectamente que iba a generar bastante ruido. Y normal que le haya caído la del pulpo, te explico:

Llevamos años viendo cómo se popularizan mensajes que aseguran que cada fase del ciclo necesita una alimentación concreta, que determinadas semillas equilibran hormonas, que hay suplementos imprescindibles para cualquier mujer que menstrúe o que existe una especie de manual nutricional universal para convivir con el ciclo menstrual.

Frente a eso, cada vez aparecen más voces intentando poner freno a determinadas afirmaciones que se han adelantado bastante a la evidencia científica disponible.lo cual, hasta aquí, me parece razonable.

El problema es que a veces los debates terminan convirtiéndose en una elección entre dos bandos. O estás con quienes defienden que cada hormona requiere una estrategia nutricional específica o estás con quienes consideran que hablar de alimentación y ciclo menstrual es poco menos que una moda sin demasiado fundamento.

Y personalmente, qué quieres que te diga, creo que ninguna de las dos posturas refleja bien lo que veo cada semana en consulta.

Después de revisar los estudios que cita Revenga, mi impresión es que la mayoría de ellos están bien elegidos y utilizados para el objetivo que persigue el artículo. No me parece que esté recurriendo a literatura dudosa ni a estudios aislados para sostener una idea preconcebida. De hecho, muchas de las referencias son revisiones sistemáticas, metaanálisis y trabajos publicados en revistas científicas sólidas.

Por ejemplo, uno de los estudios más interesantes que menciona analiza las diferencias de ingesta energética a lo largo del ciclo menstrual. Los resultados sugieren que, de media, las mujeres pueden consumir algo más de energía durante la fase lútea. La diferencia observada ronda las 168 kilocalorías diarias, aunque los propios autores reconocen una variabilidad enorme entre participantes y bastantes limitaciones metodológicas.

Cuando leo esos datos, mi conclusión no es que todas las mujeres deban modificar su dieta en función del día del ciclo en el que se encuentren. Tampoco concluyo que el hallazgo carezca de interés.

Simplemente veo una señal fisiológica modesta que probablemente tenga relevancia en algunas mujeres y muy poca en otras.

Y esa forma de interpretar los resultados me parece bastante más útil que intentar convertir cualquier diferencia estadística en una recomendación universal.

Algo parecido ocurre con los estudios sobre sensibilidad a la insulina. Existen trabajos que muestran pequeñas fluctuaciones a lo largo del ciclo, pero estamos hablando de cambios que dependen de muchos otros factores como el porcentaje de grasa corporal, el nivel de actividad física, el estado metabólico o incluso la metodología utilizada para determinar la fase menstrual.

Por eso me cuesta mucho cuando veo recomendaciones tajantes del tipo "elimina carbohidratos en fase lútea" o "come de esta forma durante la ovulación". La fisiología humana rara vez funciona de manera tan simple.

Donde creo que empieza la parte interesante de la conversación es cuando pasamos de analizar poblaciones a observar personas concretas.

Una de las cosas que más me chirría cuando se plantean estos debates es que acabamos hablando de mujeres como si fueran una media estadística extraída de un metaanálisis. Pero las personas que se sientan delante de mí en consulta no son una gráfica ni un valor promedio. Son mujeres que llevan meses arrastrando estreñimiento antes de la regla, que han normalizado reglas incapacitantes porque les han dicho toda la vida que eso es "lo normal", que llegan con ferritinas bajísimas, migrañas que aparecen siempre en el mismo momento del ciclo o una sensación constante de agotamiento para la que nadie les ha dado una explicación convincente.

Llegados a este punto, la pregunta no es si existe una dieta diferente para cada fase del ciclo, porque sinceramente creo que esa es una forma bastante pobre de plantear el asunto. La pregunta es otra: ¿puede haber momentos concretos del ciclo en los que una mujer necesite hacer determinados ajustes porque aparecen síntomas que no están presentes el resto del mes?

Desde mi punto de vista, ahí está la parte interesante de la conversación.

Porque una cosa es vender calendarios hormonales con menús de colores y otra muy distinta observar que cada mes te estriñes durante diez días, duermes peor o llegas con mucha más hambre a la noche. Ignorar esos patrones porque no encajan en una recomendación general tampoco me parece especialmente científico.

Después de leer el artículo de Revenga sigo pensando exactamente lo mismo que pensaba antes de leerlo. No creo que todas las mujeres necesiten suplementos porque menstrúan. Tampoco creo que haga falta vivir pendiente de una aplicación que te diga qué semilla toca esta semana.

Pero tampoco creo que la solución sea despachar cualquier conversación sobre ciclo menstrual con un "come equilibrado y no te obsesiones".

Hay mujeres a las que eso les funcionará perfectamente porque no tienen síntomas, sus analíticas son correctas y su relación con la comida es saludable. Y luego están las que llevan años peleándose con reglas abundantes, digestiones imposibles, dolor, migrañas o cansancio sin que nadie se haya parado a mirar el cuadro completo.

A mí me interesa trabajar con esas mujeres. Me interesa porque detrás de muchos de esos síntomas suele haber información útil. A veces encontramos una ferropenia. Otras veces un problema digestivo que llevaba años pasando desapercibido. Otras simplemente descubrimos que el cuerpo lleva tiempo pidiendo cambios que nadie había escuchado.

Se puede ajustar la alimentación sin caer en dogmas. Se puede usar ciencia sin borrar la experiencia de las mujeres. Se puede decir “no suplementes sin criterio” y a la vez revisar ferritina, magnesio, vitamina D, B12, zinc o síntomas digestivos cuando toca.

Hoy en día muchas mujeres no llegan a consulta sanas y estupendas. La gran mayoría llegan agotadas, inflamadas, estreñidas, con reglas dolorosas, ansiedad premenstrual, dietas restrictivas, mal sueño y analíticas que nadie ha mirado con calma.

Y ahí mi trabajo no es meterte en una plantilla, sino escucharte.

«La evidencia científica sobre nutrición y ciclo menstrual continúa evolucionando. Las recomendaciones clínicas deben individualizarse según síntomas, analíticas, antecedentes médicos y contexto de cada mujer.»

Y probablemente esa sea la parte que más echo de menos en muchos debates sobre nutrición femenina: menos necesidad de tener razón y más curiosidad por entender qué le está pasando a la persona que tienes delante.

Si me necesitas para que veamos qué podemos ajustar en tu alimentación y hábitos seas mujer menstruando o no, aquí puedes ver cómo trabajo.

Referencias científicas principales

  • Tucker et al., 2025. The Effect of the Menstrual Cycle on Energy Intake. Nutr Rev.
  • Robinson et al., 2025. Nutritional Interventions and Psychological Symptoms of PMS. Nutr Rev.
  • Brown et al., 2024. Nutritional Practices to Manage Menstrual Cycle Related Symptoms. Nutr Res Rev.
  • Siminiuc et al., 2023. Impact of Nutritional Diet Therapy on PMS. Front Nutr.
  • Modzelewski et al., 2024. Premenstrual Syndrome: New Insights into Etiology and Treatment. Front Psychiatry.

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